Elia

lunes, 30 de enero de 2012 22:22 Publicado por Saddy Sweet 1 comentarios
Para morir, sólo hace falta estar vivo. Y esa era la única condición que cumplía Elia.
Cada día se levantaba pensando cómo llegaría al siguiente. Le atormentaba pensar que la estarían esperando.
A veces, y sólo a veces, se daba una tregua y pensaba que ya se habrían olvidado, o que habría pasado algo mucho más interesante que la ocultase de nuevo en las sombras. Pero luego seguía arañándose por dentro hasta sangrar.
Echaba de menos los tiempos en los que ni siquiera se sabían su nombre. A ella no le importaba ser transparente. Incluso se reía de los comentarios graciosos que de vez en cuando alguien decía en las clases. Después, ya no eran compañeros; sus nombres se habían convertido en cuchillos afilados que se tambalean colgando de un hilo a punto de caer en una dirección: ella.
La ansiedad había sustituido la mayor parte de las cosas que existían para ella. Ya no comía porque nunca tenía hambre. No era capaz de dormir por las noches porque siempre sentía un miedo pegajoso que se le metía en las entrañas. Ya no salía por las tardes por si algún día se los encontraba, y no estudiaba porque no era capaz de concentrarse. Simplemente, ya no sabía vivir.
No escuchaba los consejos de su madre, porque ella no sabía nada y jamás la entendería; no podía permitirse que ella lo supiera. Conociendo la impulsividad de su madre, tal vez la encerrara en algún internado de monjas. Ella nunca tiene problemas; es por eso que no sabe resolver los de los demás. Su mundo perfecto estaba lleno de papeles por clasificar y un montón de libros antiguos en latín. Según ella, su tristeza era debida a que no había encontrado un hobby que le llenara. De hecho, dejó el único que tenía. Su violín guardaba polvo en el trastero. Nunca se le pasó por la cabeza volver a tocarlo.
Cuando su madre salía por la tarde a trabajar –lo que ocurría casi a diario-, se permitía darse un largo baño de espuma para relajarse. Pero en realidad se comía más la cabeza preguntándose cómo no pudo ser como los demás y no llamar la atención como lo hizo. Esos reñidos monólogos solían acabar con la sangre recorriendo muy lentamente sus brazos, hasta perderse entre las espumas con olor a vainilla. Cuando el agua se enturbiaba, podía realmente descansar y aliviar la tensión. Luego, cerraba los ojos, aun brotándole la sangre, y dejaba que su mente recorriera otra vez los labios de Anna, que sus manos acariciaran sus mejillas siempre coloradas y que su pelo le rozara el cuello cuando la besaba. Le hacía enloquecer la manera en que le sonreía y el calor que le infundaba su mirada gris. Sólo se habían llegado a dar unos cuantos besos, cuando se dejó persuadir por la increíble Anna y sus endulzadas palabras. Hicieron lo que nunca debieron hacer. Cruzaron el límite que se tenían que haber puesto; salieron a la playa agarradas de la mano.
Al principio del paseo, estaba aterrorizada. Cualquiera que pasara a esa hora tan temprana podría reconocerlas. Aunque era improbable que alguien se levantara antes de las 8 un domingo por la mañana. Sin embargo, allí estaban.
Se arremolinaban alrededor de una hoguera que chisporroteaba con dificultad, pero a ellos les daba igual. El vodka les calentaba lo suficiente. Bailaban y gritaban mientras saltaban el fuego. Muchos se caían, pero no sentían todavía el dolor.
Nada más verlos, la sonrisa desapareció del rostro de Anna, y Elia empezó a tironear de ella para que dieran media vuelta y se fueran corriendo...pero fue demasiado tarde. Las vieron. Y lo peor de todo es que la reconocieron. No se sabían su nombre, pero tenían una vaga idea de que estaba en su clase. L a tímida que se sienta delante, para que los demás no la vean.
Anna sólo tuvo que mirar a Elia para darse cuenta de que los conocía, y de que lo suyo ya se habría terminado para siempre.

No pasaba un día en el que Elia no recordase a Anna. Cuánto la quería y cómo le dolía cada lágrima que se escapaba de sus ojos al decirle adiós. Si algo le había importado de verdad, había sido ella.
Habían pasado muchos meses desde que eso pasó, pero aun le escocía.
Entonces volvía de sus ensoñaciones y se descubría menuda, frágil y demacrada en una bañera llena de su sangre. Si la viera Anna, tal vez no la reconocería. Pero ahora tenía cosas más importantes con las que lidiar; más importantes que su aspecto y que lo que pudiera pensar de ella una persona a la que probablemente no volviera a ver más.
Elia se preguntaba qué palabras le escupirían sus “compañeros” a la mañana siguiente. “Bollera”, “lesbi” y “degenerada” eran los motes que usaban con mayor frecuencia. Hasta se volvía si alguien le gritaba cualquiera de esos insultos. Se había acostumbrado a ellos.

Ahora, cada vez que echa la vista atrás y recuerda cada uno de esos dolorosos días, no puede evitar echarse a llorar. No ha pasado suficiente tiempo como para que las heridas cicatricen, aunque las físicas ya habían sanado hace mucho. Sin embargo, cuando se inspecciona en el espejo en busca de las señales que le recuerdan esa parte del pasado que no se quiere ir, todavía le duelen los moratones.
“Para seguir adelante, hay que aceptar el pasado, sin obcecarse en él” le comentó un día su terapeuta. A ella no le importaban las cicatrices, pero le costaba revivir ese día.
Sus compañeros, durante la hora libre que tenían antes del recreo, le acorralaron para insultarla. Les gustaba reírse de ella y competían por ver cuál de ellos hacía el comentario más ingenioso e hiriente. Ella simplemente se hartó, escupió en la cara al que tenía más cerca –el más creativo de todos por lo visto-  cogió sus cosas e intentó irse, pero uno de sus compañeros de clase le bloqueó la puerta y la empujó hacia atrás. Cayó al suelo e intentó incorporarse, pero alguien le lanzó una patada en la cabeza tan fuerte que le hizo caer de nuevo. De pronto, no sabía qué estaba pasando. Oía un pitido muy fuerte en su oído derecho y la vista se le nubló. Aprovechando su debilidad, los muchachos se abalanzaron contra ella, descargando toda su ira adolescente a modo de venganza.
Lo único que recuerda después de la caída, fue que se despertó en un hospital con su madre junto a ella llorando. Le dijo entre sollozos que no sabía como no se lo había contado antes y que lo que a ella le pasaba era cuestión de tiempo.
Tras el discurso de su madre, que casi no se entendía entre tantas lamentaciones, a Elia no le quedó muy claro si su madre lloraba porque no le había pedido ayuda, o porque fuera una decepción que su hija fuera homosexual. El caso es que tras darle el alta y ponerle un collarín por la lesión cervical que le ocasionaron sus compañeros, le informaron de su cambio a un instituto para chicos con problemas psicológicos de la capital, donde viviría en una residencia de estudiantes, que es donde ella se encuentra ahora. De vez en cuando visita a su madre, pero deben quedar en otro sitio que no sea el pequeño pueblo en el que vivía antes. No quiere encuentros desagradables.
En cuanto a su madre, le costó aceptar que a su hija le atraían las mujeres, y que esa inclinación sexual es tan válida como cualquier otra. Pero a pesar de entenderla, no habla de eso con nadie y siempre que preguntan por su hija, les contesta que todo va bien.
A Elia, desde entonces, le cuesta mucho confiar en las personas, aunque ahora no tiene por qué esconderse, pues descubrió –para su sorpresa- que había otras muchas personas como ellas que lo declaraban abiertamente, e incluso algunas que la intentaron ayudar a integrarse y a aceptarse. También le cuesta estar en sitios llenos de gente sin poder buscar una posible salida; pero eso poco a poco lo va superando.
Desde que empezó a vivir en un sitio en el que no había tantos prejuicios, valora la vida de otra manera. Se tiene más aprecio y no se arrepiente de las cosas que hace, porque simplemente ya no se tiene que esconder. Pero lo mejor de todo no es poder ir sin miedo a clase y mirar a todos sus compañeros con una sonrisa, lo mejor de todo es que ahora si les pide ayuda, sabe que puede contar con ellos, porque ellos también están allí para superar sus miedos.
Es un camino muy difícil, porque el dolor hay veces que no se va. Apaciguar el alma lleva su tiempo.
Su terapeuta le aconseja a veces que se observe desde lejos y enumere los defectos que ve. Ésta y otras muchas tareas hacen que se eche a llorar como una niña. Es complicado, pero sabe que Anna está a su lado para ayudarla a superar cada nuevo desafío que se le presenta. Junto a ella, todo es más fácil, y sabe que pronto podrá llevar una vida normal en la que abundarán los días sin llorar, risas despreocupadas y paseos agarradas de la mano, compartiendo su mundo con Anna.

Sueños.

jueves, 16 de junio de 2011 17:41 Publicado por Saddy Sweet 1 comentarios
Aquel día caí rendida ante los pies de Morfeo antes de que el sol desapareciese de mi cielo. Tenía sueño, aunque no estaba cansada. Probablemente por la fiebre, mi mareo acusaba el dolor de cabeza todavía más.
Recuerdo que la oscuridad de mis sueños me envolvió antes de que pudiese apagar la leve luz que ilumina tan sólo un trocito de la habitación. Después, abrí los ojos dentro de mi inconsciencia. Todo era oscuro, negro, opaco…Casi no podía ver. Andaba, y me tropezaba con el mobiliario de una habitación en la que jamás había estado. Parecía todo bastante antiguo al tacto. Entonces, me di la vuelta hacia donde había estado el marco de una puerta cerrada que había intentado encontrar inútilmente; y se iluminó algo al otro lado, algo que todavía no alcanzaba a ver y que despedía una extraña luz iridiscente por debajo de ésta. Me aproximé a la puerta extrañada y acompañada por mi respiración cada vez más intensa. Ahora, lo que estuviese al otro lado, brillaba con más fuerza, ya que el brillo de la luz que se colaba por debajo de la puerta brillaba tan fuerte que los tonos negros de mi oscura habitación se tornaron grises.

Tengo un ángel caprichoso que juega conmigo a su antojo. Me despierta por las noches con un suspiro en mi cuello, y luego echa a volar. Yo, desvelada, corro tras su ausencia, dejando mis sueños sin acabar.
El largo pasillo pregunta por su fragancia cautivadora, arrojando haces de luz de un sol madrugador. Las nubes aún no han despertado.
Tras una larga búsqueda de ilusiones y principios, lo encuentro de pie, inmóvil en una larga sala blanca. Las cortinas de seda del mismo color, bailotean con el viento que entra por la ventana abierta que da al mar, ahora también blanco. Un mar albino que desprende un aroma a sal y a viejos recuerdos que te devuelve la marea.
Mi ángel me da la espalda; yo ando despacio, muy despacio hacia él. Pero es un ángel, y como todos los ángeles, tiene alas que suele usar para alejarse de mí.
Ésta vez no fue diferente. Me dejó allí, anhelando su idílica pureza. Pero ya estaba acostumbrada a la soledad que me dejaba mi ángel.

Más tarde me desperté, ya no me dolía tanto la cabeza, pero daría todo lo que fuese para que el sueño se volviera a apoderar de mí, y así poder volver a ver al ángel. Pero mi vida continuaba, y sabía perfectamente que mi oscura soledad se vería salpicada por su presencia en mis momentos de locura.

El viaje de la amapola.

sábado, 14 de mayo de 2011 15:27 Publicado por Saddy Sweet 1 comentarios
Aquella mañana la lluvia había llamado incesantemente a su ventana. Esa ventana en la que tantas veces se había asomado para invocar a los ángeles y a las musas. Aquella ventana por la que las estrellas le habían visto llorando lágrimas ácidas que le habían consumido el alma.
Ese día despertó sobresaltado; sus monstruos nocturnos no le habían dejado dormir. Las sombras oscuras que señalaban una vida que no le había sentado bien se acomodaron bajo sus ojos azules, haciendo que su cara pareciese más pálida de lo que era. Aún viviendo en la costa, seguía manteniendo su lividez.
Atraía a las nubes y a la lluvia como la miel a las moscas. No le importaba demasiado. Se afilió a la oscuridad y al frío que roía sus huesos.

Caminó bajo la lluvia, ahora tenue. Iba mirando al suelo, aunque podría haber ido con los ojos tapados y habría llegado igual.
La espera le llenaba de ansiedad. Necesitaba verlo como los alcohólicos necesitan su vodka.
Echó a correr y la lluvia aumentó su intensidad acompañándolo el último tramo de su ansiado camino. Mientras unas gotas de sudor frío resbalaban por sus sienes, se puso a llorar como lo habría hecho un niño perdido entre la multitud. En realidad, eso era lo que le pasaba a él. Se sentía perdido entre la gente que le miraba y le señalaba  con un dedo acusador sin comprender por qué se siente tan vacío sin la mitad de su espíritu, que ahora descansaba en el mar; su lugar preferido y a donde se dirigía veloz.

Llegó a los acantilados salpicados por espuma blanca y posó su mirada en las burbujas que salían con fuerza del mar. Las gaviotas que sobrevolaban las olas emitían un sonido sordo y ahuecado que rasgaba el cielo. Él las miró distraído y, secándose las lágrimas que arañaban sus mejillas, se sacó una amapola roja del bolsillo de su sudadera.
La contempló como si ello fuera la razón de su existencia. Observaba sus pétalos rojos y su tallo marchito, que le recordaba a su nueva vida, apagada e insulsa.
Desde que ella se había marchado, parte de su alma se había ido con ella para rogarle que volviera a buscarle. Pero nunca regresó y ahora la mitad de su espíritu viajaba en un tren submarino que no paraba nunca, buscando un tesoro escondido.
Él arrojó la amapola. La tiró como si le tuviera asco; y la vio caer, balanceándose como lo hace un pliego de papel en el aire.
Finalmente cayó al mar, que la mantuvo un instante en su fría superficie para darle tiempo de despedirse, y luego se la tragó delicadamente. Él dejó caer unas lágrimas para que acompañasen el viaje de la amapola buscando a ese tren que intransigentemente rastrea el resto de su ser dañado.
Después, dejó que el paisaje fuera observado por sus ojos, ahora grises, y luego...simplemente se fue.

Welcome!

13:22 Publicado por Saddy Sweet 0 comentarios
Hola! =D
Siempre tuve ganas de tener un blog y continuarlo hasta el día en que las cosas cambien demasiado como para seguir siendo yo.
Éste no será diferente a los otros, ni tampoco sobresaldrá por la simple razón de que no es más que un sitio semejante a una maleta, en la que podemos encontrar aquellas cosas que debieron o siempre deberían acompañarnos en un viaje, aunque muchas veces no lo hacen. El viaje puede resultar largo y aburrido, o corto e intenso. Nunca se sabe, siempre es inesperado pero irreversible.
Aquí se relatan cosas que al menos una vez en la vida habremos sentido, afortunada o desgraciadamente. También cabe la posibilidad de que nunca las sintamos; llegados a ese punto deberíamos replanteárnoslo todo y ver si tenemos tanta suerte como para no sufrir ese tipo de cosas, o para cambiar y empezar a vivirlas.

Al fin y al cabo, cada uno tiene su propio viaje, y aquí hay recuerdos de personajes que tengo en la memoria que me gustaría compartir. En fin...cada uno es un mundo...y aquí está el mío. : )

¡Un beso de chocolate!