Aquel día caí rendida ante los pies de Morfeo antes de que el sol desapareciese de mi cielo. Tenía sueño, aunque no estaba cansada. Probablemente por la fiebre, mi mareo acusaba el dolor de cabeza todavía más.
Recuerdo que la oscuridad de mis sueños me envolvió antes de que pudiese apagar la leve luz que ilumina tan sólo un trocito de la habitación. Después, abrí los ojos dentro de mi inconsciencia. Todo era oscuro, negro, opaco…Casi no podía ver. Andaba, y me tropezaba con el mobiliario de una habitación en la que jamás había estado. Parecía todo bastante antiguo al tacto. Entonces, me di la vuelta hacia donde había estado el marco de una puerta cerrada que había intentado encontrar inútilmente; y se iluminó algo al otro lado, algo que todavía no alcanzaba a ver y que despedía una extraña luz iridiscente por debajo de ésta. Me aproximé a la puerta extrañada y acompañada por mi respiración cada vez más intensa. Ahora, lo que estuviese al otro lado, brillaba con más fuerza, ya que el brillo de la luz que se colaba por debajo de la puerta brillaba tan fuerte que los tonos negros de mi oscura habitación se tornaron grises.
Tengo un ángel caprichoso que juega conmigo a su antojo. Me despierta por las noches con un suspiro en mi cuello, y luego echa a volar. Yo, desvelada, corro tras su ausencia, dejando mis sueños sin acabar. El largo pasillo pregunta por su fragancia cautivadora, arrojando haces de luz de un sol madrugador. Las nubes aún no han despertado.
Tras una larga búsqueda de ilusiones y principios, lo encuentro de pie, inmóvil en una larga sala blanca. Las cortinas de seda del mismo color, bailotean con el viento que entra por la ventana abierta que da al mar, ahora también blanco. Un mar albino que desprende un aroma a sal y a viejos recuerdos que te devuelve la marea.
Mi ángel me da la espalda; yo ando despacio, muy despacio hacia él. Pero es un ángel, y como todos los ángeles, tiene alas que suele usar para alejarse de mí.
Ésta vez no fue diferente. Me dejó allí, anhelando su idílica pureza. Pero ya estaba acostumbrada a la soledad que me dejaba mi ángel.
Más tarde me desperté, ya no me dolía tanto la cabeza, pero daría todo lo que fuese para que el sueño se volviera a apoderar de mí, y así poder volver a ver al ángel. Pero mi vida continuaba, y sabía perfectamente que mi oscura soledad se vería salpicada por su presencia en mis momentos de locura.
