Aquella mañana la lluvia había llamado incesantemente a su ventana. Esa ventana en la que tantas veces se había asomado para invocar a los ángeles y a las musas. Aquella ventana por la que las estrellas le habían visto llorando lágrimas ácidas que le habían consumido el alma.
Ese día despertó sobresaltado; sus monstruos nocturnos no le habían dejado dormir. Las sombras oscuras que señalaban una vida que no le había sentado bien se acomodaron bajo sus ojos azules, haciendo que su cara pareciese más pálida de lo que era. Aún viviendo en la costa, seguía manteniendo su lividez.
Atraía a las nubes y a la lluvia como la miel a las moscas. No le importaba demasiado. Se afilió a la oscuridad y al frío que roía sus huesos.
Caminó bajo la lluvia, ahora tenue. Iba mirando al suelo, aunque podría haber ido con los ojos tapados y habría llegado igual.
La espera le llenaba de ansiedad. Necesitaba verlo como los alcohólicos necesitan su vodka.
Echó a correr y la lluvia aumentó su intensidad acompañándolo el último tramo de su ansiado camino. Mientras unas gotas de sudor frío resbalaban por sus sienes, se puso a llorar como lo habría hecho un niño perdido entre la multitud. En realidad, eso era lo que le pasaba a él. Se sentía perdido entre la gente que le miraba y le señalaba con un dedo acusador sin comprender por qué se siente tan vacío sin la mitad de su espíritu, que ahora descansaba en el mar; su lugar preferido y a donde se dirigía veloz.
Llegó a los acantilados salpicados por espuma blanca y posó su mirada en las burbujas que salían con fuerza del mar. Las gaviotas que sobrevolaban las olas emitían un sonido sordo y ahuecado que rasgaba el cielo. Él las miró distraído y, secándose las lágrimas que arañaban sus mejillas, se sacó una amapola roja del bolsillo de su sudadera.
La contempló como si ello fuera la razón de su existencia. Observaba sus pétalos rojos y su tallo marchito, que le recordaba a su nueva vida, apagada e insulsa.
Desde que ella se había marchado, parte de su alma se había ido con ella para rogarle que volviera a buscarle. Pero nunca regresó y ahora la mitad de su espíritu viajaba en un tren submarino que no paraba nunca, buscando un tesoro escondido.
Él arrojó la amapola. La tiró como si le tuviera asco; y la vio caer, balanceándose como lo hace un pliego de papel en el aire.
Finalmente cayó al mar, que la mantuvo un instante en su fría superficie para darle tiempo de despedirse, y luego se la tragó delicadamente. Él dejó caer unas lágrimas para que acompañasen el viaje de la amapola buscando a ese tren que intransigentemente rastrea el resto de su ser dañado.
Después, dejó que el paisaje fuera observado por sus ojos, ahora grises, y luego...simplemente se fue.
Ese día despertó sobresaltado; sus monstruos nocturnos no le habían dejado dormir. Las sombras oscuras que señalaban una vida que no le había sentado bien se acomodaron bajo sus ojos azules, haciendo que su cara pareciese más pálida de lo que era. Aún viviendo en la costa, seguía manteniendo su lividez.
Atraía a las nubes y a la lluvia como la miel a las moscas. No le importaba demasiado. Se afilió a la oscuridad y al frío que roía sus huesos.
Caminó bajo la lluvia, ahora tenue. Iba mirando al suelo, aunque podría haber ido con los ojos tapados y habría llegado igual.
La espera le llenaba de ansiedad. Necesitaba verlo como los alcohólicos necesitan su vodka.Echó a correr y la lluvia aumentó su intensidad acompañándolo el último tramo de su ansiado camino. Mientras unas gotas de sudor frío resbalaban por sus sienes, se puso a llorar como lo habría hecho un niño perdido entre la multitud. En realidad, eso era lo que le pasaba a él. Se sentía perdido entre la gente que le miraba y le señalaba con un dedo acusador sin comprender por qué se siente tan vacío sin la mitad de su espíritu, que ahora descansaba en el mar; su lugar preferido y a donde se dirigía veloz.
Llegó a los acantilados salpicados por espuma blanca y posó su mirada en las burbujas que salían con fuerza del mar. Las gaviotas que sobrevolaban las olas emitían un sonido sordo y ahuecado que rasgaba el cielo. Él las miró distraído y, secándose las lágrimas que arañaban sus mejillas, se sacó una amapola roja del bolsillo de su sudadera.
La contempló como si ello fuera la razón de su existencia. Observaba sus pétalos rojos y su tallo marchito, que le recordaba a su nueva vida, apagada e insulsa.
Desde que ella se había marchado, parte de su alma se había ido con ella para rogarle que volviera a buscarle. Pero nunca regresó y ahora la mitad de su espíritu viajaba en un tren submarino que no paraba nunca, buscando un tesoro escondido.
Él arrojó la amapola. La tiró como si le tuviera asco; y la vio caer, balanceándose como lo hace un pliego de papel en el aire.
Finalmente cayó al mar, que la mantuvo un instante en su fría superficie para darle tiempo de despedirse, y luego se la tragó delicadamente. Él dejó caer unas lágrimas para que acompañasen el viaje de la amapola buscando a ese tren que intransigentemente rastrea el resto de su ser dañado.
Después, dejó que el paisaje fuera observado por sus ojos, ahora grises, y luego...simplemente se fue.

